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Hay una pregunta que rara vez nos hacemos cuando abrimos el correo, subimos una foto a la nube o mandamos un mensaje: ¿en manos de quién queda ese gesto? La respuesta habitual es que queda en manos de una infraestructura ajena, gestionada por corporaciones cuyo modelo de negocio depende, precisamente, de que ese gesto nunca sea del todo nuestro.
Privacy Server, el proyecto publicado en GitHub, es un intento concreto de invertir esa relación. No es un manifiesto ni un ensayo sobre la vigilancia: es un instalador para AlmaLinux 10 que despliega, en un único servidor propio, correo (Postfix, Dovecot, OpenDKIM, SpamAssassin), almacenamiento y colaboración (Nextcloud), mensajería federada (Matrix Synapse), una VPN con autenticación PAM (OpenVPN) y un servidor TURN/STUN (Coturn) para que las videollamadas también puedan pasar por casa.
Todo con hardening de SSH en un puerto no estándar, acceso restringido a root con clave RSA, firewall con política DROP por defecto, TLS 1.2 en adelante y certificados Let's Encrypt renovados automáticamente. La instalación es interactiva: pide el dominio, el correo administrativo, detecta la IP pública y la interfaz de red, pregunta la zona horaria y el nombre de la organización para los certificados VPN, y al terminar envía por correo un resumen con las credenciales y las tareas DNS pendientes, entre ellas el registro DKIM que hay que añadir después de la instalación.
Un segundo script, create_user.sh, da de alta usuarios en todos los servicios a la vez y les envía sus propias credenciales; un tercero, delete_user.sh, deshace ese alta cuando hace falta. Lo interesante de este tipo de proyectos no es solo la lista de servicios que instalan, sino la postura que encarnan: la privacidad no como una opción de configuración que se activa o desactiva en una aplicación ajena, sino como una arquitectura que uno mismo sostiene, con sus propios costes de mantenimiento, sus propios backups (el propio README incluye un script de ejemplo con rsync y mysqldump programado por cron), sus propios logs que hay que aprender a leer.
Es una filosofía práctica de la autonomía: no rechaza la tecnología en nombre de una pureza imposible, sino que se apropia de sus piezas —VPN, correo, nube, mensajería federada— y las recompone bajo un techo que uno controla. Eso tiene un precio, y el proyecto no lo esconde: cuatro gigas de RAM como mínimo, ocho recomendados, cuarenta gigas de disco, una IP pública fija, un dominio propio y la disposición a leer manuales de Postfix o de Synapse cuando algo falla.
La soberanía técnica, aquí como en cualquier otro terreno, no es gratuita ni automática; se ejerce, se aprende, se repara. Publicado bajo licencia GPL-3.0, con solo 43 commits y sin apenas estrellas ni forks todavía, Privacy Server es un proyecto pequeño y quizás por eso mismo más honesto: no promete una plataforma, promete un punto de partida para quien decida que su correspondencia, sus archivos y sus conversaciones merecen vivir en un servidor cuyo dueño puede nombrar.
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